20-05-2026, 03:36 PM
(20-05-2026, 12:32 PM)Marquiños11 escribió: Soy muy torpe con esto por lo que respondo un poco desprolijo:Creo que tu comentario parte de una preocupación legítima: la romantización ingenua de los psicodélicos como si fueran una vía automática hacia “la verdad”. Coincido en que sentir algo con intensidad no convierte automáticamente esa experiencia en una verdad objetiva. El ser humano puede experimentar convicciones absolutas en muchos estados distintos y la intensidad subjetiva nunca basta, por sí sola, como criterio de verdad.
Anónimo, creo que estás confundiendo conceptos. Una cosa es la experiencia subjetiva y otra cosa es la realidad. Alguien puede vivir algo como verdadero —por ejemplo, una persona en un episodio psicótico puede creer que es Dios o el creador del universo—, pero eso no significa que esa creencia (y la verdad para esa persona) corresponda con la realidad objetiva.Con los hongos pasa algo similar: no “muestran la realidad”. Pueden hacerte sentir que accediste a una verdad profunda, pero sentirlo con intensidad no lo vuelve real.
Keta, esto no es mi juicio moral ni “mi verdad”: es lo que se conoce sobre cómo estas sustancias modifican la percepción. Mi opinión personal, para contrastar, es que yo estaría 24 horas haciendo música con cualquier cosa que me inspire. Pero después de tomar algo, aunque en ese momento mi verdad sea que soy el Bach de este milenio, pensar que descubrí la realidad sería un error. Los hongos (o drogas en general) pueden producir experiencias intensas, pero decir que son una herramienta de autoconocimiento me parece impreciso y hasta poco sano. A veces ayudan a conectar con algo interno, sí, pero otras veces generan fantasías, distorsiones o certezas falsas. Puedo validar la experiencia, pero no la idea de que revelan la realiadad.
Sin embargo, pienso que reducir toda experiencia enteogénica a un simple “hackeo cerebral” o a un “flash irreal” deja fuera algo importante del fenómeno humano. Explicar neurobiológicamente una experiencia no equivale necesariamente a agotarla en su significado. Que podamos describir cambios en el sistema de saliencia, en la red por defecto o en la integración perceptiva no elimina el hecho de que, para quien atraviesa esa vivencia, emerge una experiencia radicalmente distinta del mundo, de sí mismo y del sentido.
Toda experiencia humana está mediada por el cerebro, incluso las que consideramos cotidianas, racionales o profundas. También el amor, el duelo, la contemplación estética o la experiencia religiosa tienen correlatos neurobiológicos (recomiendo el articulo de Sam Harris recomendado en el foro). Pero normalmente no decimos que por eso son “irreales”. La cuestión filosófica no es solamente qué ocurre en el cerebro, sino qué tipo de apertura a la realidad acontece en esa experiencia.
En ese sentido, creo que hay una diferencia importante entre “alucinación” e “ilusión” o modificación cualitativa de la percepción. Una alucinación implica atribuir realidad objetiva a algo inexistente; en cambio, muchas experiencias enteogénicas no consisten necesariamente en “ver cosas falsas”, sino en experimentar la realidad ordinaria bajo un régimen perceptivo y afectivo distinto, donde los fenómenos aparecen cargados de una intensidad significativa extraordinaria. El problema comienza cuando esa intensidad se interpreta dogmáticamente como revelación absoluta.
Por eso tampoco afirmaría que los enteógenos “muestran la verdad del universo”. Me parece una afirmación excesiva, pero tampoco diría que son meras fantasías vacías, a veces pueden producir confusión, delirio o falsas certezas, otras veces pueden confrontar a alguien con aspectos profundamente reales de su existencia: su miedo, su sufrimiento, su relación con la muerte, su desconexión afectiva o el sentido de su vida. A mi particularmente me interesa mucho la relación entre los enteógenos y la muerte simbólica, que se vincula mucho con los ritos de iniciación antiguos.
La experiencia, no garantiza verdad metafísica, pero tampoco se reduce necesariamente a error. Puede ser simbólica, existencial, transformadora o reveladora de dimensiones subjetivas normalmente ocultas por la cotidianeidad, lo importante es no absolutizarla.
Creo que el gran error contemporáneo aparece en ambos extremos: tanto en quienes convierten a los psicodélicos en una especie de tecnología mística infalible, como en quienes reducen toda experiencia humana de trascendencia a una simple anomalía neuroquímica sin espesor existencial.
La experiencia enteogénica, para mí, no demuestra automáticamente ninguna verdad sobrenatural. Pero sí puede constituir una ruptura de la percepción ordinaria que obliga al sujeto a confrontarse con preguntas profundas sobre el ser, la realidad, el símbolo, el sentido y la propia existencia. Y esa dimensión no desaparece simplemente porque podamos describir parte de sus mecanismos cerebrales (y depende de que sustancias estemos hablando, ya se hablo hasta el hartazgo los problemas que tiene la ciencia para explicar varios aspectos de la DMT, ni hablar de los problemas que tienen para explicar la realidad visible que también lo reducen a actividad cerebral, este punto lo trabajo mucho el filosofo David Chalmers como el problema duro de la consciencia).
Para concluir, personalmente sí creo que ciertas experiencias enteogénicas pueden abrir una forma distinta de relación con la realidad, aunque entiendo que eso responde también a una convicción metafísica personal, especialmente en una época profundamente antitradicional y desacralizada. No pienso que “muestren la verdad” de manera automática, pero sí que pueden funcionar como hierofanías: manifestaciones que rompen el modo ordinario de percibir el mundo y hacen aparecer la realidad cargada de un sentido más profundo, simbólico y sagrado.


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